Es muy probable que a muchos de quienes hoy en día son padres les venga a la cabeza esa inevitable pregunta que simplemente no existía cuando éramos niños: ¿cómo será en el futuro la vida de nuestros hijos, en un mundo dominado por la inteligencia artificial?
En mi caso, tengo tres hijas pequeñas. La mayor empieza a leer, la mediana pregunta por todo y la pequeña todavía cree que el mundo termina en el jardín. Y, sin embargo, las tres crecerán en una sociedad donde los algoritmos escribirán código, generarán diagnósticos médicos, diseñarán edificios y tomarán decisiones financieras en segundos.
A quienes somos padres y estamos de cualquier forma dentro del sector tecnológico de hoy, ese hecho nos debe provocar una especie de doble conciencia...Por un lado, vemos cada día la velocidad con la que avanzan los modelos de IA, las nuevas herramientas o la automatización del trabajo cognitivo, y por el otro, volvemos a casa y ayudamos a nuestros hijos a hacer los deberes o a preparar una canción para la clase del día siguiente.
Entre esos dos mundos, debemos intentar respondernos a una pregunta que creo es esencial: ¿qué necesitan de verdad aprender nuestros hijos para tener no solo trabajo, sino una vida plena y feliz dentro de 20 años?
El tema principal no es si serán programadoras, diseñadoras de sistemas o si trabajarán en algo que aún no existe. Esa no es la cuestión correcta ni la pregunta que debemos hacernos, porque nuestra propia historia nos ha enseñado que las tecnologías cambian más rápido de lo que pensamos, y el futuro de lo que podrá venir es aún una incógnita para todos.
Hace veinte años no existían muchas de las profesiones digitales actuales, y dentro de otros veinte años probablemente ocurrirá lo mismo. Lo que sí parece claro es que la inteligencia artificial transformará el trabajo y muchas tareas repetitivas, tanto manuales como cognitivas, estarán alta o absolutamente automatizadas.
La redacción básica en cualquier profesion, el análisis de datos, la programación mecánica, la gestión administrativa...Todo eso estará cada vez más asistido por la IA o directamente ejecutado por sistemas y modelos inteligentes. El trabajo humano no desaparecerá, porque no tendría sentido, pero nadie puede negar que se desplazará hacia lo que las máquinas hacen peor, y es posible que sea en temas como comprender contextos complejos, asumir responsabilidad, tomar decisiones acertadas y crear significado, donde haya que enfocar nuestros esfuerzos en la educación de nuestros hijos.
No parece probable que el futuro laboral de nuestros hijos se mueva en un mundo sin empleo, sino que probablemente lo hará en un ámbito laboral donde el valor estará mucho menos en ejecutar y más en decidir, donde saber utilizar la inteligencia artificial será tan básico como hoy lo es saber usar internet, o donde quien no entienda cómo funcionan los sistemas y modelos que le rodean estará en clara desventaja, pero quien sí los comprenda podrá multiplicar su capacidad.
Por tanto, creo que más que obsesionarnos con que aprendan a programar desde los seis años, o entiendan las bases del nuevo modelo de turno que sacan al mercado, lo que debe preocuparnos es algo bastante más profundo, y esto es que desarrollen una relación sana con la tecnología, que la vean como herramienta y no como sustituta de su propiocriterio. Que sepan que un modelo puede sugerir, pero que la decisión final es intrínsecamente suya. Que entiendan que detrás de cada algoritmo hay supuestos, sesgos y límites, pero que su acción humana es insustituible.
Si tuvieramos que resumir en una imagen el mundo que probablemente habitarán, diría que será un entorno hiperautomatizado y altamente personalizado. La educación será más adaptativa, la medicina más preventiva y el trabajo mucho más flexible y digital. Seguramente se trabaje mucho más desde casa para equipos globales, y tal vez cambien varias veces de profesión y eso sea lo normal, en contraposición a generaciones anteriores en las cuales se permanecía en un mismo trabajo durante décadas, y no se salía de una misma oficina.
Tal vez nuestros hijos en el futuro combinen proyectos propios con colaboraciones internacionales en un mundo que ya habrá borrado para siempre cualquier tipo de frontera digital. La estabilidad no vendrá tanto de una empresa concreta como de su capacidad para aprender y reinventarse constantemente. Y es en esa capacidad donde, como padres, debemos sentir una gran responsabilidad, porque nosotros no podemos predecir con precisión qué herramientas usarán nuestros hijos dentro de 20 años, pero sí podemos ayudarles a construir las bases que les permitirán adaptarse.
La primera base es sin duda la curiosidad, porque en un mundo donde la información es excesivamente abundante y las respuestas están a un clic, lo verdaderamente escaso es hacer buenas preguntas. Tenemos que conseguir que nuestros hijos no pierdan esa capacidad de asombro que ahora tienen y que es propia de los niños, pero cuya mágia, por desgracia, tiende a hacerse más rígida con el paso de los años.
Debemos intentar que, al paso de los años, sigan preguntando "por qué" incluso cuando un asistente digital les dé una respuesta inmediata.
La segunda es el pensamiento crítico, un tema clave, porque la inteligencia artificial les generará textos convincentes, imágenes realistas y argumentos bien estructurados, pero no todo lo que parezca sólido lo será.
Necesitarán aprender a no creerse todo, a contrastar, a buscar fuentes y a saber reconocer la manipulación. En un mundo saturado de contenido sintético, deberán saber distinguir lo fiable de lo falso y eso será una habilidad central para su libertad.
También les será fundamental ejercitar más que nunca, y de forma útil, la creatividad. No la creatividad entendida como talento artístico excepcional, sino como capacidad para conectar ideas, imaginar soluciones y explorar caminos nuevos, porque la IA puede combinar patrones existentes con gran eficacia, pero la chispa que nace de una experiencia humana única sigue y seguirá siendo insustituible. Y si nuestros hijos cultivan su imaginación, su sensibilidad y su capacidad de contar historias, sin duda estarán construyendo una de las cosas más difíciles de automatizar.
También hay otro aspecto importante que no suele mencionarse cuando hablamos del futuro del trabajo, y que es la inteligencia emocional. En un mundo atiborrado de pantallas y sistemas inteligentes, seguramente las relaciones humanas auténticas serán aún más valiosas, y saber escuchar, colaborar, resolver conflictos y liderar con empatía marcará grandes diferencias. Por eso, probablemente las empresas del futuro necesitarán personas capaces de integrar tecnología y humanidad.
En cuanto al aspecto negativo, tampoco podemos ignorar sin embargo que la transición hacia esa economía tan intensamente automatizada también traerá grandes tensiones. Es muy probable que en esa transición veamos aumentar la desigualdad si el acceso a educación y tecnología, tan clave en dicha transición, no es equitativo. Creo que habrá fases de inseguridad laboral en ciertas etapas, y mucha presión sobre los hombros de los futuros profesionales por la obligación de adaptarse constantemente. Esto les obligará a estar preparados y a desarrollar una buena fortaleza interior, y quizá esa resiliencia será tan importante como la propia competencia en temas digitales.
Si bien la alfabetización del XIX significaba aprender a leer y escribir, la equivalente en los próximos años será entender cómo funcionan los modelos, qué pueden hacer y qué no, cómo se entrenan y cómo pueden equivocarse. Nuestros hijos no necesitarás ser ingenieros para comprender estos conceptos básicos, de la misma manera que hoy no hace falta ser mecánico para conducir un coche, pero sí estarán obligados a entender las reglas de la carretera.
Sin embargo, más allá de todo lo profesional y a pesar de todo lo explicado, el objetivo real no es que tengan un currículum impresionante en 2046, al modo de los objetivos tradicionales de cualquier profesional nacido entre los 50 y los 80. El objetivo verdaderamente relevante es más bien que tengan una vida con sentido, que trabajen en algo que les interese, que puedan sostenerse económicamente y que dispongan de suficiente tiempo y energía para sus relaciones, sus proyectos personales y su felicidad.
La tecnología puede liberar tiempo o puede consumirlo. La diferencia dependerá de las decisiones colectivas y personales que tomemos, y el futuro no se construye solamente en laboratorios de inteligencia artificial sino que también se construye en conversaciones familiares, en los valores que transmitimos, y en cómo les enseñamos a tratar a los demás y a sí mismas.
La era de la inteligencia artificial será complicada y llena de oportunidades, no cabe duda, pero si nuestros hijos logran crecer siendo curiosos, críticos, creativos, empáticos y adaptables, tendrán las herramientas suficientes para navegarla.
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